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Tony Blair
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Tony Blair
(Edimburgo, 1953) Político británico que fue líder del Partido Laborista y primer ministro británico entre 1997 y 2007. Anthony Blair nació en Edimburgo el 6 de mayo de 1953. Su padre, Leo Blair, era un genuino representante de la clase media de posguerra, votante conservador, descontento con la política de nacionalizaciones y la reforma social de Clement Atlee.
Los Blair eran de origen modesto, pero Leo llegó a ser un abogado de prestigio que alcanzó la presidencia del Tribunal Industrial del condado de Durham. Cuando Edward Heath ganó las elecciones de 1970 frente al laborista Harold Wilson, Tony Blair recuerda que su padre sintió una gran alegría y su apoyo a los tories continuó hasta 1994, cuando su hijo resultó elegido líder del Partido Laborista y él ingresó en el mismo.
La escuela primaria pública y el exigente Fettes College de Edimburgo fueron las primeras aulas que pisó Tony Blair. En 1971 ingresó en el Saint John’s College, de la Universidad de Oxford, donde se preparó para ser abogado y compaginó sus estudios con la música -tocó la guitarra en el grupo de rock The Ugly Rumours- y la edición de la revista Q. Blair no fue un estudiante comprometido con la actividad pública y nunca se afilió a una asociación con significación política, según ha explicado uno de sus compañeros en Oxford.
[Image: blair.jpg]
Tony Blair
En 1975 entró a trabajar en el bufete de Derry Irvine, un conocido abogado laborista. Allí conoció a Cherie Booth, su futura esposa, también laborista, y entre ambos convencieron a Blair para que ingresara en el partido aquel mismo año. Eran los días de Harold Wilson y de James Callaghan; la relaciones del partido con las Trade Unions desencadenaban crisis periódicas y el joven abogado se convirtió enseguida en uno de los principales puntos de referencia del ala renovadora y más abiertamente socialdemócrata del Partido Laborista: Blair empezó a manifestar la necesidad de mantener al partido al margen de la estrategia sindical para disponer de un proyecto político de base social más amplia.
Tony Blair, anglicano practicante, y Cherie Booth, católica devota, se casaron en 1980 y superaron sin aspavientos los prejuicios sobre matrimonios mixtos. Sus tres hijos, Euan, Nicky y Kathryn, acuden a la escuela de la Iglesia de Inglaterra en el barrio de Islington, al noreste de Londres, lo cual no impide a la pareja mantener buenas relaciones con la jerarquía de las Iglesias anglicana y católica. Las insinuaciones hechas desde 1994 por algunos periódicos conservadores acerca de los sentimientos religiosos de los Blair no han hecho mella en su popularidad.
La victoria de Margaret Thatcher en las elecciones de 1979 abrió un largo paréntesis en la historia del laborismo. La dirección de Michael Foot reforzó el ala más radical, pero dejó al partido sin posibilidades de ganar unas elecciones; Neil Kinnock vislumbró la necesidad de la renovación ideológica y organizativa, pero sólo insinuó alguna reforma; John Smith, decidido a cambiar la orientación del laborismo, apenas tuvo tiempo de poner los primeros pilares del nuevo edificio. Durante este largo período de quince años, Blair pasó de ser un reformista con pocos apoyos a convertirse en el brazo derecho de Smith y su sucesor natural.
La primera prueba electoral de Blair fue en 1982, en plena guerra de las Malvinas. Antes de cumplir los treinta años osó disputar un distrito tradicionalmente conservador -Beaconsfield- al candidato promovido por Margaret Thatcher: a pesar del apoyo sobre el terreno de Foot, Kinnock y Smith, perdió sin paliativos mientras Gran Bretaña vivía el éxtasis de la victoria militar en el Atlántico Sur. Al año siguiente, en unas elecciones generales que la Dama de Hierro ganó con desahogo, Blair consiguió finalmente un escaño en la Cámara de los Comunes por el distrito de Sedgefield, en el noreste de Inglaterra.
Desde el momento de su elección, un grupo de militantes del Partido Laborista lo eligió como cabeza de cartel de la renovación política, pero hasta 1988 no entró a formar parte del gabinete fantasma. Entre aquel año y el siguiente fue sucesivamente responsable de coordinar la actividad de los diputados del grupo laborista y en la sombra del Tesoro, Industria, Energía y Trabajo.
Este último nombramiento, decidido por Kinnock en uno de los habituales desencuentros del partido con los sindicatos, fue especialmente significativo porque reforzó a los socialdemócratas. Blair tardó muy poco en proponer al partido que dejara de apoyar los contratos de trabajo cerrados, reservados en exclusiva a quienes estuvieran afiliados a los sindicatos correspondientes; el descontento de las Trade Unions pusó a Kinnock en un aprieto.
La victoria de John Major en las elecciones generales de 1992 llevó al líder laborista a presentar la dimisión. Le sucedió John Smith, que nombró portavoz de Interior del gabinete a Blair. La revisión del programa político de los laboristas sobre nacionalizaciones, defensa y relaciones con la Unión Europea, la revisión de los parámetros del Estado del bienestar y de los privilegios sindicales en el funcionamiento del partido anunciaron la reforma definitiva del laborismo, pero en mayo de 1994, apenas dos años después de su elección, Smith murió a causa de una crisis cardíaca y en julio Blair se convirtió en su sucesor para culminar el programa esbozado por el líder desaparecido.
Desde su nombramiento al frente del Partido Laborista, Blair parecía predestinado a la victoria. Favorecido por el viaje a ninguna parte del Partido Conservador, desgarrado por la falta de control de John Major sobre las familias del partido, la guerra de trincheras de los euroescépticos y la nostalgia de los grandes éxitos de los años ochenta, Blair contaría por triunfos las elecciones parciales municipales y legislativas. Aunque en octubre de 1994 anunció la revisión de la cláusula de la constitución del Partido Laborista que vincula a éste con el programa de los sindicatos, causa posible de tensiones, la base electoral laborista fue ampliándose.
Las encuestas más moderadas pronosticaban para las elecciones que debían celebrarse en mayo de 1997 una ventaja laborista de quince puntos; las más optimistas anunciaban una victoria sin precedentes desde los tiempos de James Ramsay MacDonald. Sin embargo, no faltaban en las filas laboristas tensiones y ambigüedades que afrontar. Las más notables estaban relacionadas con la participación de Gran Bretaña en la Unión Monetaria Europea (UME), la posibilidad de que algún día desapareciera la libra a mayor gloria del euro y el temor a que el sistema económico en torno al marco y los designios del Bundesbank ahogaran la tradicional influencia de las finanzas británicas. Robin Cook, portavoz de Asuntos Exteriores en el gabinete en la sombra de Tony Blair y un reconocido euroescéptico que contaba con el apoyo de una parte importante de los líderes sindicales, moderó sus reservas sobre el Tratado de Maastricht y la Conferencia Intergubernamental a la espera del resultado de las futuras elecciones generales, que finalmente ganó con rotundidad el Partido Laborista.
Durante la legislatura, las características de su política fueron continuadoras de la línea que ya imprimió en la oposición. Esta se puede definir en tres líneas principales: reforma constitucional, preocupación por los temas de educación y sanidad pública y acercamiento a Europa. En política interior los problemas a los que se enfrentó, por orden de prioridad en su cartera, fueron, en primer lugar, el proceso de paz en el Ulster iniciado por su antecesor en el gobierno, John Major, que consiguió establecer los acuerdos de Downing Street tras arduas, difíciles y conflictivas negociaciones.
Las intenciones de Blair al continuar con la mesa de negociaciones fueron poner fin al conflicto más antiguo de Gran Bretaña, alcanzando una solución definitiva para mayo de 1998. Al mismo tiempo, su política intentó mantener un equilibrio efectivo, dentro del Reino Unido, concediendo ciertas reformas para entregar una mayor autonomía a las cámaras parlamentarias, cuestión que dividió las opiniones a posiciones casi irreconciliables. Su política social siguió marcada por medidas tímidamente moderadas.
Con respecto a su política exterior, el conjunto de sus ideas están recogidas en su libro titulado Una nueva Gran Bretaña. Mi visión de un país joven, en el que reflejaba la posición que debía ocupar su país en el año 2000. Se pueden señalar dos puntos principales de actuación. De un lado, el tradicional entendimiento mantenido entre los Estados Unidos de América y Gran Bretaña, se convirtió en un matrimonio bien avenido, por las complicidades y paralelismos existentes entre los dos líderes, Tony Blair y Bill Clinton. Esta unión se pudo constatar en la nueva crisis del Golfo, de febrero de 1998, en la que Gran Bretaña, mediante decisión de Blair, apoyó la política establecida por los Estados Unidos de Bill Clinton, decidida a proceder a un ataque a Irak y solamente evitado, en el último momento, por el Secretario de la ONU, Kofi Annan. La otra línea se circunscribe dentro de la Unión Europea, con la que Blair quiere provocar un acercamiento más firme.
Sus índices de popularidad alcanzaron un máximo insuperable, tras la muerte en accidente de tráfico de la princesa Lady Di, ex-mujer del príncipe heredero de la corona Británica, Carlos, y madre de futuro rey. La figura de Diana había calado en el sentimiento de todo el país y la reacción inmediata, tras la noticia, reconociendo su pesar y la importancia de la figura de Diana, le proporcionó una conexión con el pueblo, frente al lento y frío reaccionar de la familia real británica. Tony Blair no tuvo una tarea gubernamental fácil. A su favor cuenta su gran carisma personal y la amplia confianza que inspira en los electores. En contra, la dificultad de resolver con brevedad temas y problemas que, por su larga duración temporal, agotan la paciencia de muchos británicos.
Uno de estos espinosos temas, la pacificación del Ulster, ha sido uno se los triunfos a anotar en el currículum de este joven político. Blair inició un proceso de aproximación con el Sinn Féin (brazo político del IRA) en diciembre de 1997, cuando permitió que su líder Gerry Adams entrara en la residencia oficial de Downing Street para hablar de una posible paz en Irlanda del Norte y sentar las bases de un futuro acuerdo.
Esto fue posible finalmente el 10 de abril de 1998, cuando representantes de las partes en conflicto: Gerry Adams, líder del Sin Fein; Bertie Ahern, primer ministro de Irlanda; John Hume, líder del Partido Socialdemócrata y Laborista de Irlanda del Norte (SDLP); Gary McMichael, líder del Partido Democrático del Ulster (UDP); el líder unionista, David Trimble, y Tony Blair, primer ministro británico firmaron, en el castillo de Stormont, un histórico acuerdo de paz que ponía fin a una guerra que enfrentó a católicos/independentistas y protestantes/unionistas durante treinta años, y costó la vida a más de 3.000 personas.
La crisis alimentaria que estalló en el año 2000, por los casos de encefalopatía espongiforme bovina ("mal de las vacas locas") y fiebre aftosa en el ganado porcino, puso uno de los puntos negros a su legislatura que, sin embargo, estuvo avalada por una brillante gestión económica.
Convocados a las urnas el 8 de junio de 2001, los británicos volvieron a ofrecer su apoyo a Tony Blair y el líder laborista consiguió una aplastante victoria sobre su rival, el candidato conservador William Hague, que presentó su dimisión al frente del partido poco después de conocer su derrota. El primer ministro reeditó su mandato con el respaldo de la mayoría absoluta de los votos (413 escaños frente a 166 del partido tory), gesta que nunca antes había conseguido un candidato laborista, aunque la jornada electoral registró el mayor índice de abstención desde 1918. Sólo el 59,2% de los electores acudió a las urnas.
La clara victoria de Blair, que centró su campaña en la promesa de mejorar los ineficaces servicios públicos británicos y trabajar por una política de acercamiento al sistema monetario europeo, sirvió además para enterrar los últimos vestigios de la era Thatcher y sembrar una profunda crisis en el seno del partido conservador.
Sin embargo, dos años después de su triunfo en las urnas, la popularidad del primer ministro comenzó a perder enteros. Su apoyo a la intervención militar estadounidense en Irak le costó el respaldo de gran parte de la ciudadanía e incluso de algunos de los miembros más populares de su Gobierno, que optaron por abandonar el Gabinete. Esta circunstancia también favoreció la victoria de los conservadores en las elecciones locales de 2004 pero, pese a todo, Blair mantuvo inalterable su defensa del pacto angloestadounidense.
El amplio descontento popular por la implicación del Reino Unido en la guerra de Irak mantuvo en suspense el resultado de los comicios legislativos de 2005, pero Tony Blair se convirtió en el primer líder laborista británico en conseguir una tercera victoria consecutiva. El esperado voto de castigo contra el Gobierno redujo la representación laborista en la Cámara de los Comunes a 355 escaños (frente a los 166 de los conservadores de Michael Howard y 62 de los liberales de Charles Kennedy); mayoría limitada pero suficiente para mantener a la familia Blair en el 10 de Downing Street.
Mucho más severo fue el castigo de los electores en las municipales de mayo de 2006, donde los laboristas recogieron una contundente derrota. Blair recogió el guante y puso en marcha un profundo reajuste de su Gabinete que afectaba a carteras principales, como Defensa, Interior o Exteriores. Margaret Beckett se convirtió en la primera mujer al frente del Foreign Office. El 10 de mayo de 2007, desgastado políticamente por la guerra de Irak y cada vez más impopular en política nacional, Tony Blair anunció su retirada del poder tras 13 años de líder laborista y 10 de primer ministro británico.
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