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Miquel Batllori
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Miquel Batllori
(Barcelona, 1909 - Sant Cugat del Vallès, 2003) Erudito español. Miquel Batllori i Munné nació, junto con su hermana gemela, Mercè, el 1 de octubre de 1909, en Barcelona, en el barrio donde se ubica la actual plaza de Cataluña, en un edificio donde también vivió el pintor Santiago Rusiñol.
En su casa se hablaba el castellano, el idioma de su madre, la cubana de origen vasco Paula Munné de Escauriza, proveniente de Barakaldo, que dedicó todo su afecto a ese hijo afectado por la osteomielitis desde los once años. El padre, catalán, tenía también ascendencia vasca por su segundo apellido, Orovio, proveniente del alto Duranguesado.
La forja de un ideario
A los doce años, el despierto Miquel leyó ya El criterio de Balmes. En 1928, año en que ingresó en la Compañía de Jesús, se licenció en historia y derecho por la Universidad de Barcelona, donde ya había optado por el idioma catalán, aprendido durante sus estancias veraniegas en Sant Feliu de Codines.
[Image: batllori.jpg]
Miquel Batllori
Durante aquellos intensos años universitarios fraguó ya su ideario como catalanista, católico y liberal, de complejo encuadre en una sociedad convulsa, radicalizada entre el anticlericalismo y el integrismo, el catalanismo y el españolismo. La expulsión de los jesuitas, decretada en 1931 por el gobierno de la Segunda República, lo mandó al exilio. Recaló en Aviglinia (Turín), donde estudió filosofía y vivió muy de cerca la Italia fascista.
En 1939, terminada la Guerra Civil, que rehusaría estudiar junto con la Inquisición porque ambas, según sus propias palabras, le repugnaban, regresó a España para licenciarse en teología en un solo año, en la localidad castellana de Oña, donde dudó de su vocación, de manera que se negó a ser ordenado sacerdote hasta un año después, cuando ya había cumplido los treinta.
Batllori fue esencialmente un sabio anclado en la duda y recelaba de quienes hablaban de asuntos en los que no eran especialistas: «Yo soy esencialmente escéptico y, en general, nunca daría como verdad absoluta lo que diga la prensa, la radio o la televisión».
Quizás por ello, los jerarcas de la Compañía empezaron a tildarlo de díscolo, y, después de que en 1941 Battlori hubiera presentado en Madrid su tesis doctoral de historia (Francisco Gustà, apologista y crítico), lo enviaron a una especie de exilio en Mallorca, hasta 1947, año en que publicó su primer libro, Obres catalanes d’Arnau de Vilanova, al que en 1948 seguiría Obres essencials de Ramon Llull, cuando ya había sido destinado a la casa de la Compañía en Roma.
Los años en Roma
Aun ausente de España, en 1958 ingresó en la Real Academia de la Historia, en Madrid, con un discurso de gran erudición que impactó a los académicos: Alejandro VI con sus familiares y la Casa Real de Aragón, al que dos años después seguiría el ensayo La correspondencia de Alejandro VI con sus familiares y con los Reyes Católicos. En aquella época estudió también a los jesuitas de la Ilustración, con especial hincapié en los de la antigua corona catalano-aragonesa: La cultura hispano-italiana de los jesuitas expulsos (1966).
Profundizó también en el grupo ilustrado valenciano y en la escuela cerverina e hizo estudios sobre prohombres de Mallorca -fruto de su larga estancia en la isla- como Costa i Llobera (La trayectoria estética de Miquel Costa i Llobera, que le valió el premio del mismo nombre que concede el Instituto de Estudios Catalanes), el obispo Joan Jubí, Jeroni Nadal, etc. Cabe señalar también sus ensayos sobre Latinoamérica, como El abate Viscardo. Historia y mito de la intervención de los jesuitas en la independencia de Hispanoamérica (1953) o La primera misión pontificia en Hispanoamérica, publicado en 1963 en la colección vaticana Studi e Testi.
Todavía en Roma, donde permanecería hasta 1980, publicó Cataluña en la época moderna (1971), Galería de personajes (1975) y A través de la historia y la cultura (1979), obra por la que al año siguiente le fue concedida la Letra de Oro.
A su regreso de Roma, a fines de 1980, plasmó en varias obras, publicadas inicialmente en italiano, los estudios que había realizado en la Ciudad Eterna sobre los jesuitas. Entre ellas sobresale Cultura e finanze. Studi sulla storia dei gesuiti da S. Ignazio al Vaticano II, publicada en 1983 como suma de estudios anteriores.
Una visión personal del mundo
El insigne historiador de la cultura había acogido con entusiasmo la iniciativa de dos intelectuales catalanes que habían vivido, al igual que él, muchos años en Roma. Se trataba del libro 31 jesuitas se confiesan, del poeta y ensayista Valentí Gómez i Oliver, profesor de la Universidad de Roma III, y del historiador Josep Maria Benítez i Riera, decano de la Facultad de Historia Eclesiástica de la Universidad Gregoriana en Roma. La génesis de dicho libro se produjo en 1992, en medio del fragor de las actividades de la asociación Catalans a Roma, de la cual Batllori era presidente honorífico, el padre Benítez, el presidente y Gómez, el secretario.
Por primera vez en mucho tiempo, treinta y un jesuitas de todo el mundo, entre ellos cardenales, artistas, teólogos, científicos, sociólogos, biblistas y un largo etcétera, respondían con libertad a un completo y sofisticado cuestionario, que lleva el título de Imago Mundi (‘Imagen del Mundo’) y cuyas respuestas dan una visión personal del mundo, es decir, cómo ven el futuro los hombres de la Iglesia y, en definitiva, de la Humanidad. Sus respuestas asumen a menudo las características de un fabuloso relato.
Batllori, a pesar de su escepticismo, veía con optimismo, con ojos esperanzados pero inquietos, uno de los problemas más globales: el terrorismo. Creía en una solución a medio plazo del conflicto entre israelíes y palestinos («porque en el Próximo Oriente hay muchos intereses creados y es un problema internacional»). No opinaba lo mismo, sin embargo, del problema vasco, que conocía desde que estudiara un tiempo en el seminario de Bayona: «No le veo fácil solución porque hay un gran desconocimiento del Estado español, de lo que son las diferentes comunidades históricas».
Un legado reconocido
Personaje entrañable y admirado por los estudiosos, fue objeto de numerosos homenajes y premios. Doctor honoris causa por la Universidad de Valladolid (1974) y por la Facultad de Teología de Barcelona (1978), entre otras, en 1985 recibió la Medalla de Oro de la Generalitat de Catalunya y en 1988 le fue otorgado el Premio Nacional de Historia por su obra cumbre, Humanismo y Renacimiento. Estudios hispanoeuropeos. Estaba en posesión, además, del Premio de Honor de las Letras Catalanas (1990), del Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (1995) y del Nacional de las Letras (2001).
Durante su larga e intensa vida hizo gala de un talante de tolerancia y conservó intacta su erudición singular, una gran disposición para el trabajo y un espíritu despierto y a menudo teñido de ironía. La búsqueda de la verdad y la complejidad de la historia, dos objetivos fundamentales que aprendió de maestros como Jordi Rubio y condiscípulos como Jaume Vicens Vives, fueron siempre su norte, y dejó un legado plasmado en veinte volúmenes publicados por el editor valenciano Eliseu Climent. Ramon Llull, el Renacimiento, la historia de los jesuitas o la saga de los Borja, Arnau de Vilanova, Baltasar Gracián, Jaume Balmes o Vidal i Barraquer son algunos temas y personajes que serían menos conocidos de no haber existido el «padre» Miquel Batllori, como era familiarmente denominado y aun reconocido en todos los ámbitos.
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