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Luis García Berlanga
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Luis García Berlanga
(Valencia, 1921 - Madrid 2010) Cineasta español que figura entre los grandes realizadores españoles que iniciaron su trayectoria bajo el franquismo. Estudió en Valencia y en Suiza y, después de participar en la guerra civil española y en la Segunda Guerra Mundial, se matriculó en el Instituto Español de Cine (IIEC). En 1951 escribió el guión y dirigió, junto a Juan Antonio Bardem, el largometraje Esa pareja feliz. Ese mismo año volvieron a colaborar en el guión de ¡Bienvenido, Mr. Marshall!, dirigida por Berlanga, que fue exhibida con gran éxito en el Festival de Cannes; la buena acogida de esta película contribuyó a elevar el prestigio del cine español. Liberal e individualista, Berlanga continuó la búsqueda de una línea personal de expresión, a pesar del acoso de la censura. En 1961 su película Plácido fue candidata al Oscar. En el Festival de Cine de Valladolid de 1977 causó un gran impacto con Tamaño natural, un filme cargado de simbolismo sexual y con grandes dosis de erotismo. En la trilogía que se inicia con La escopeta nacional (1978) y culmina con Nacional III (1982) presentó una imagen esperpéntica de la España de la época de la transición. Todos a la cárcel (1994) fue galardonada con varios premios Goya. Su miniserie para televisión Blasco Ibáñez (1997) puso en evidencia la solvencia de Berlanga en nuevos registros dramáticos. En 1999 dirigió París Tombuctú y anunció que se retiraba definitivamente del cine.
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Luis García Berlanga
Procedente de una familia de la burguesía valenciana, Luis García Berlanga estudió filosofía en la Universidad de Valencia, y en su primera juventud fue voluntario de la División Azul y llegó a componer una Oda a la pistola, pero su filosofía de la vida y su posición política variaron después radicalmente, sobre todo a partir de su matriculación en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, en el que ingresó en 1947 y en el que se graduó como director de cine.
En 1951 formó pareja con José Antonio Bardem para escribir y dirigir su primera película, Esa pareja feliz. Bardem dirigió a los actores, mientras que Berlanga se ocupó de la parte técnica. La película permanece como un hecho fundamental de la cinematografía española y como arranque, según algunos historiadores, del cine español moderno. Del mismo modo que muchas de sus obras, Esa pareja feliz es una historia de perdedores, de personajes que, según el cineasta, “parten de una situación social, moral o biológica determinada y acaban en la misma situación o en otra peor, a pesar de haber tenido la posibilidad de mejorar en el camino, sea por aportes mágicos o por su propio esfuerzo. En mis películas hay siempre una miserabilización final del personaje”.
En Esa pareja feliz se revelaban ya diversas influencias que marcaron, sobre todo, la primera etapa de su carrera: el neorrealismo italiano, el sainete de Carlos Arniches o el cine de Frank Capra y René Clair. La película fue mal clasificada por la Administración y sólo el éxito de su siguiente obra permitió su normal distribución dos años después, aunque ambos directores se alzaron con el Premio Jimeno al mejor director novel del Círculo de Escritores Cinematográficos. Fue el primer título de una carrera que abarcaría diecisiete largometrajes. Su desahogada situación económica y, fundamentalmente, sus problemas con la censura, explican lo exiguo de una filmografía decisiva en la historia del cine español.
Junto a Bardem y Miguel Mihura escribió el guión de su segundo largometraje, ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1953), una sátira del Plan Marshall, el plan de ayuda de EE.UU. a Europa después de la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que una radiografía cómica de la España rural. En ella están ya presentes las características más habituales de su quehacer tras las cámaras, y en concreto esa peculiar mezcla de tradición y modernidad que le sirve como base en la que vierte sus reflexiones sociológicas o políticas sobre el presente. Como tradición, cabe apuntar su querencia por actores y actrices de género y la evidente influencia del sainete, la zarzuela o la comedia de costumbres en la composición de tipos y situaciones. Por otra parte, la modernidad emerge a rebufo de la actitud regeneracionista que subyace en toda su obra y de su apego a ciertos aspectos del neorrealismo de corte italiano tan de moda en la época. Berlanga, Bardem y Miguel Mihura recibieron el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos al mejor guión original.
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¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1953)
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La acción de ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1953) se desarrolla en 1948, año en que el ministro de Asuntos Exteriores estadounidense George G. Marshall elabora el plan de ayuda económica a Europa. La noticia revoluciona el tranquilo pueblo castellano de Villar del Río, que decide preparar un espectacular recibimiento a los estadounidenses, convirtiendo sus casas y sus calles en un decorado sevillano, e incluso disfrazándose ellos mismos de auténticos andaluces. El filme describe en clave de comedia y con el tono de humor característico de su director la España de finales de los años cuarenta, inmersa en la autárquica economía de posguerra, con su mercado negro y su racionamiento. La visión que ¡Bienvenido, Mr. Marshall! ofrece de España entronca con el surrealismo y ciertamente con el neorrealismo italiano, que en estos años surge con fuerza dentro del panorama del cine europeo de posguerra.
Las circunstancias más inmediatas que hicieron posible el proyecto y la realización del filme tienen que ver con la amistad entre Berlanga y Bardem, que había surgido ya en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, y el contrato que la productora UNINCI ofreció a ambos por medio de Ricardo Muñoz Suay para la realización de una película en la que apareciera la folclórica Lolita Sevilla. Sin embargo, los problemas económicos hicieron que García Berlanga asumiese en solitario la dirección de este filme, en el que la fotografía de Xanet, la música de Leoz y las canciones de Ochaíta, Valerio y Solano, el montaje de Pepita Orduña y un elenco de artistas excepcional (José Isbert, Manolo Morán y Lolita Sevilla) hacen las delicias del espectador. Estrenada el 29 de abril de 1953 en el cine Callao de Barcelona, el elogio de la crítica y del público fue unánime, y los galardones obtenidos en el Festival de Cannes supusieron la revelación internacional del cine español y la consagración de su director.
Benito Perojo fue el productor de Novio a la vista (1953), basada en una historia de Edgar Neville ambientada en 1914 y protagonizada por adolescentes, una película sobre “la dificultad de empezar a vivir” y una ilustración sobre el papel de la mujer en el engranaje social. En Calabuch (1956), una nueva comedia rural narrada en tono de fábula, Berlanga exhibe una ternura y un romanticismo que persiste, aunque con menor fuerza, en el resto de su carrera, donde “una especie de lucidez cínica se impone a mi componente romántico”; el filme mereció la nominación al León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia (Italia). En Los jueves, milagro (1957), denuncia de la explotación comercial de las apariciones y los milagros, la censura religiosa introdujo modificaciones en el guión e impuso un nuevo final, rodado por Jorge Grau ante la negativa de Berlanga, que repudió la película.
A partir del mediometraje Se vende un tranvía (1959), codirigido por Juan Estelrich, Luis García Berlanga inició una etapa de colaboración con el guionista Rafael Azcona, que se prolongaría en el resto de sus películas. Esta alianza se concretó en un mayor rigor en la construcción de las historias, en un fortalecimiento de la amargura, la miserabilización de las situaciones y el uso del humor negro y, paralelamente, en un aumento de la entrañabilidad hacia los personajes.
Plácido (1961), desenmascaramiento de las prácticas de caridad organizada, se revela como una de sus películas clave en cuanto se convierte en síntesis ejemplar de los rasgos que distinguen su cine: el sentido tragicómico de la existencia, la imposibilidad de ser feliz en un entorno mezquino, una profunda desconfianza hacia el poder, el desamparo y la incomunicación que asolan al individuo en una sociedad hostil, una cierta ambigüedad que, para el director “quizá sea el concepto que mejor explique mi vida y mi cine”, el carácter coral de la historia, el cariño en el tratamiento de los personajes secundarios o la masiva presencia del plano-secuencia como método narrativo.
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Plácido (1961)
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El título de Plácido (1961), cambiado por culpa de la censura, no refleja el carácter coral de su argumento: en una pequeña ciudad de provincias, Zapater (dueño de una fábrica de ollas) y una asociación de caridad femenina deciden organizar una peculiar campaña con motivo de la Navidad. Bajo el lema "Siente un pobre a su mesa", y con la participación de unas vedettes llegadas de Madrid, se realiza una rifa para asignar a cada familia pudiente un pobre y una vedette para la cena de Nochebuena. Entre los empleados del evento figuran el pusilánime pero voluntarioso Quintanilla, quien se encarga de la coordinación de campo, y Plácido, un humilde trabajador casado y con dos hijos, que acaba de comprar un motocarro que será utilizado durante la comitiva para cargar en su remolque a un indigente y a un rico.
Plácido, muy preocupado porque ese día vence la primera letra del motocarro y le falta un poco de dinero para retirarla, va constantemente tras Quintanilla para que le ayude a solucionar su problema. Berlanga y Azcona construyeron en esta su primera colaboración un verdadero alarde de orfebrería, una hilarante reacción en cadena que lleva al espectador de esperpento en esperpento. Ciertamente la anécdota central gira en torno a la peripecia del pobre Plácido, pero también él es el vehículo utilizado por los autores para crear una serie de estampas de gran vivacidad y con personajes muy jugosos. Por una ridícula negativa de la censura, el filme no pudo titularse como el eslogan de la infausta campaña navideña, Siente un pobre a su mesa, que era lo previsto. La película fue nominada para el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa y para la Palma de Oro de Cannes.
En 1962 Berlanga realizó La muerte y el leñador, uno de los episodios de la coproducción internacional Las cuatro verdades, basado en una fábula de La Fontaine, que provocó un gran escándalo al ser acusado de atacar a España. El recurso al pesimismo, el esperpento y el humor negro alcanzó su máxima eficacia en El verdugo (1963), otro de sus trabajos básicos, feroz alegato contra la pena de muerte y ácida estampa de la España de la época. Sufrió varios cortes impuestos por la censura y su presentación en el Festival de Cine de Venecia (donde su director fue nominado al León de Oro por segunda vez) motivó la protesta del gobierno del general Franco mediante el embajador de España en Italia, Alfredo Sánchez Bella, que la denunció como una maniobra política contra el régimen.
Tras el estreno de esta última película, García Berlanga inició una etapa de quince años en la que sólo realizó tres películas: Las pirañas (1968), Vivan los novios (1970, segunda nominación a la Palma de Oro en Cannes) y Tamaño natural (1973). Berlanga continuó indagando en algunos de sus temas favoritos: la mujer, la pareja y la soledad. Con La escopeta nacional (1978), uno de sus mayores éxitos de taquilla, inició un ciclo de películas sobre el personaje del Marqués de Leguineche, interpretado por Luis Escobar, que completaría en Patrimonio nacional (1980) y Nacional III (1982).
En esa serie recuperó abiertamente su estilo esperpéntico, barroco y coral para ironizar sobre la clase política franquista y la aristocracia decadente y desconcertada después de la muerte de Franco. Berlanga procuró materializar en estos trabajos una vieja obsesión, la realización de un cine de clara vocación popular, ese tipo de cine menospreciado por los cineastas de su generación a partir de las Conversaciones de Salamanca de 1955, a las que Berlanga consideró, pese a su participación, un error histórico del cine español. De los tres filmes que componen esta trilogía fue sin duda el primero el que alcanzó un mayor reconocimiento de público y crítica, si bien Patrimonio Nacional le valió su cuarta nominación a la Palma de Oro en Cannes.
En La vaquilla (1985) rescató un guión de la década de 1950 para ofrecer una visión distanciada y cómica de la Guerra Civil. El caluroso recibimiento popular de La vaquilla no se repitió con Moros y cristianos (1988), una parodia de los asesores de imagen, aunque fue mejor recompensada: un Goya a la mejor actriz de reparto para Verónica Forqué, además de otras tres nominaciones, entre ellas la de mejor guión (Azcona y Berlanga). En 1992 comenzó a preparar una serie de televisión sobre el escritor Vicente Blasco Ibáñez, que no obstante no vio la luz hasta 1997. El año siguiente estrenaba Todos a la cárcel (1998), cuya trama está emparentada en cierta manera con la de Moros y cristianos, ya que constituye una superación, una renovación y una puesta al día de algunos de los temas tratados en la trilogía de La escopeta nacional: la hipocresía y la corrupción del poder y sus advenedizos, en una clara relación con los escándalos de ese tipo que vivía entonces el país, ya en plena democracia.
Con una labor creativa ya más relajada, sin duda por la edad, sus dos últimos trabajos fueron el largometraje París Tombuctú (1999) y el rodaje del cortometraje de once minutos El sueño de la maestra (2002), que recrea una de las secuencias que la censura rechazó de su ¡Bienvenido, Mr. Marshall! por considerarla exageradamente erótica, y que finalmente desapareció: el sueño que la señorita Eloísa, maestra del pueblo (interpretada en 1953 por Elvira Quintillá y ahora por Luisa Martín), tiene la misma noche en que sueñan Don Pablo, el alcalde (Pepe Isbert), Don Cosme, el cura (Luis Pérez de León) y Don Luis, el caballero (Alberto Romea), ante la inminente llegada de los americanos.
Paralelamente a su trabajo como director de cine, Luis García Berlanga desarrolló diversas actividades: profesor de Dirección y Montaje (1959-1970) en la Escuela Oficial de Cinematografía (EOC), presidente de la Filmoteca Española (1979-1982), editor de la colección de literatura erótica “La sonrisa vertical” y presidente de honor de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España desde su ingreso en 1986. Entre los premios recibidos a lo largo de su carrera destacan el Nacional de Cinematografía (1981), la Medalla de Oro de Bellas Artes (1982), el Príncipe de Asturias de las Artes (1986) y un Goya honorífico (1987).
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