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Javier Benedicto
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Javier Benedicto
(Barcelona, 1957) Ingeniero español considerado uno de los grandes expertos mundiales en el campo de las telecomunicaciones. Francisco Javier Benedicto Ruiz nació en 1957 en Barcelona. Estudió el bachillerato en el Liceo Francés, y en 1975 ingresó en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones de Barcelona (ETSITB), donde se graduó en 1981 en la especialidad de sistemas de comunicación y microondas.
Su primer trabajo en la empresa española Mier Allende, en 1982, estuvo relacionado con el desarrollo de los primeros equipos que permitían recibir la televisión por satélite. Esta ocupación acentuó su interés por el mundo de los satélites, que pudo comenzar a investigar de pleno con su posterior incorporación a la Agencia Espacial Europea (ESA) en 1985. Allí le esperaba un importante reto profesional: el primer programa espacial de la Unión Europea y el primer gran programa entre la Comunidad Europea y la ESA.
Incorporación a la ESA
Sus comienzos en la ESA estuvieron dedicados a la gestión del desarrollo de equipos de microondas para televisión y de telefonía móvil. Aunque trabajaba en su mayor sueño, para él supuso un duro golpe el abandono de su Barcelona natal para instalarse en la ciudad de Noordwijk, en los Países Bajos, que acoge el Centro de Investigación y Tecnología de la ESA (ESTEC).
[Image: benedicto.jpg]
Javier Benedicto
En 1995 fue nombrado director del Proyecto Egnos, el esbozo de lo que después se convertiría en el Proyecto Galileo, el más avanzado sistema de navegación por satélite del mundo, promovido por la Unión Europea. De nuevo tuvo que trasladarse, en esta ocasión para trabajar en el Centro Nacional de Estudios Espaciales (CNES) francés, ubicado en la localidad de Toulouse. Allí residió cuatro años, hasta que en 2000 fue nombrado director del programa de navegación por satélite Galileo, y tuvo que regresar a los Países Bajos para dirigir el diseño del sistema.
El Proyecto Galileo supuso una auténtica revolución en las telecomunicaciones mundiales. Con él, la Unión Europea creaba un sistema de navegación por satélite de uso civil, capaz de localizar desde la posición de un coche a la de un tren, un barco, un avión o incluso a cualquiera de los trescientos millones de ciudadanos europeos.
El Proyecto Galileo
Las múltiples utilidades del sistema lo convertían en una fuente de prestación de servicios prácticos tales como el conocimiento instantáneo de la situación del tráfico, la navegación de vehículos privados, un notable control del tráfico aéreo y la navegación automática de los aviones, así como la vigilancia del medio ambiente o la seguridad de los medios de transporte. Una solución única para evitar eventuales catástrofes, realizar misiones de rescate en el mar o la montaña, vigilar la evolución de los glaciares, controlar las aduanas o detectar escapes de sustancias peligrosas.
Pero este ambicioso proyecto también se planteó de utilidad para los ciudadanos de a pie, al abrir la puerta a los teléfonos móviles de tercera generación (UMTS), mediante los que los usuarios podían combinar los usos clásicos de un terminal telefónico con el posicionamiento, permitiendo obtener información en tiempo real de su situación exacta y los datos precisos del lugar hacia donde quisieran dirigirse.
En definitiva, los treinta satélites del sistema, situados en tres órbitas a unos 24.000 kilómetros de la Tierra, eran capaces de localizar el origen de cualquier movimiento en el planeta, mediante una señal de radio codificada constante recogida por los receptores. El científico español insistía sobre todo en las aplicaciones civiles del sistema Galileo. «En un conflicto, los países de la Unión Europea, propietarios del sistema, podrán intervenir en su uso. Pero Galileo no está concebido como sistema de uso militar», explicaba Benedicto.
Dificultades del proyecto
Sin embargo, la puesta en marcha del Proyecto Galileo, encabezado por Francia, Italia y España, supuso no pocos problemas para sus creadores y promotores, desde el nivel tecnológico al diplomático. El consenso entre los quince países de la Unión Europea no fue fácil, ya que no en vano el sistema barajaba cifras millonarias, compartidas por la ESA y la Unión Europea.
Los principales escollos para conseguir la luz verde del proyecto llegaron por parte de Estados Unidos, que veía amenazado su monopolio en el control mundial de la navegación mediante su sistema militar GPS, tras la práctica desaparición del antiguo sistema ruso Glonass. Así pues, el GPS quedaba obsoleto frente al Galileo, tan exacto que permitía una precisión de cinco metros con relación a la situación del vehículo, nave, individuo, etc., frente a los treinta metros del sistema estadounidense. Sus servicios básicos también se planteaban gratuitos, como los del GPS, pero no así en el caso de un uso comercial o profesional, a cambio, claro está, de mayores prestaciones.
Estados Unidos presionó a la Alianza Atlántica, a Gran Bretaña y a Alemania para que Galileo no siguiera adelante. Las discusiones al más alto nivel hicieron peligrar el proyecto dirigido por Benedicto. Algunos países miembros de la Unión Europea y Estados Unidos consiguieron en un primer momento el bloqueo de los fondos consignados.
La posición de los estadounidenses era táctica: si Europa se retrasaba, podía conseguir la banda de espectro que tenía adjudicada y el equipo de expertos de la ESA no podía trabajar mientras no se desbloquearan los fondos. «Estados Unidos tiene interés en que fracasemos porque el Galileo es más sofisticado que el GPS, y sus empresas cobran tasas muy fuertes por fabricar aparatos compatibles con el GPS, que ahora tiene casi el monopolio», aclaraba entonces Javier Benedicto.
Programa activo en 2008
Sin embargo, la Unión Europea terminó, en abril de 2002, bajo la presidencia española, por adoptar la decisión que permitiría lanzar el Proyecto Galileo, probando los satélites en primera instancia en el espacio en 2004, para comenzar a desplegarse en 2006 y ser completamente operativos en 2008. Su creación suponía de 3,2 a 3,4 millardos de euros, pero el coste del abandono del proyecto habría sido también considerable, en lo que se refiere sólo a las repercusiones económicas: cien mil nuevos empleos de alta cualificación y un mercado de equipos y servicios de unos 10 millardos de euros al año, hasta 2010.
Casado con una mujer francesa, Nicole, y padre de dos hijos, niña y niño, Benedicto mostró de joven su compromiso social prestando ayuda a minusválidos. Apasionado por el fútbol, más concretamente por el F. C. Barcelona, y por otros deportes, como el atletismo o la vela, cuenta entre sus aficiones la lectura y la cocina provenzal, tan parecida a la catalana.
Su facilidad para los idiomas (habla castellano, catalán, inglés, francés, neerlandés, italiano y japonés) le ha servido de gran ayuda en su profesión. Sus continuos traslados por motivos laborales le obligan con frecuencia a dejar a su familia, a la que está muy unido, en Barcelona. Sin embargo, la distancia nunca le ha hecho perder el contacto con ella, ni tampoco con sus amigos.
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